P. Castillo

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jueves, 29 de septiembre de 2016

MADRID – ASTURIAS – PUERTO RICO… La familia y unos libros.


Vuelta a casa, en Pozuelo, el otoño nos recibe. Adiós verano. Foto P. Castillo.


En "nuestro pueblo", Asturias, pasado verano. Foto P. Castillo



Faro Cabo Vidio en Oviñana, Asturias. P. Castillo


He aquí lo que dio de sí este verano que ya nos dejó, para consuelo de no pocos, seguro.

Ha sido un periplo viajero peculiar, pues tras una semana vacacional en tierras asturianas, llegamos a casa en Madrid, para hacer las maletas a toda prisa y volar dos días después hacia Puerto Rico. Araceli, mi mujer, nuestra hija mayor, Izaskun de 5 años, la bebé, Itziar, de poco más de cuatro meses (sí, fui papá a mediados de mayo), y quien escribe.

Araceli tiene parientes en “La Isla del Encanto” como se la conoce, son unos familiares a los que está muy unida (especialmente su tía Angélica).
Ante el requerimiento de la tía para visitarlos, año tras año, allá que nos fuimos todos hacia finales de agosto, un par de semanas a la casa familiar en San Juan de Puerto Rico. No teníamos previsto ir y se decidió poco antes de partir a Asturias, su tía nos avisó de vuelos directos a la isla con unas rebajas de precio irresistible, y  teniendo en cuenta que ahí siempre tenemos la casa disponible dijimos: es el momento.

Captando instantes en el Viejo San Juan de Puerto Rico. Fotos P. Castillo.


Típica tarde de domingo para los sanjuaneros en la pradera de El Morro. 
Fortaleza El Morro al fondo




Adoquinado azulado original.









Faro en la Fortaleza de El Morro, S. Juan al fondo.


Izaskun curioseando por la Fortaleza San Cristoblal, al otro extremo de S. Juan.

Fortaleza de San Cristobal. Lagarto con el mar caribeño de fondo.


Curiosamente en la isla hay una amplia colonia de descendientes asturianos. En cualquier caso tampoco es de extrañar habiendo sido antigua colonia de ultramar española, antes de pasar a manos estadounidenses en 1898.

¡Madre mía! ¿Pero esto es el Caribe?

Estos destinos caribeños nunca han sido viajes ansiados para mí, pero una vez puestos los pies en tierra puertorriqueña reconozco que fue un flechazo, la geografía y el paisaje agreste, generosamente poblado de un sinfín de plantas, árboles impresionantes y verdor permanente me sedujeron al primer instante.

Mi desconocimiento ante lo que iba a encontrarme en la isla caribeña provocaba este asombro inicial por lo que presenciaban mis ojos. El primer comentario a  Araceli fue: “ ¡ esto es Asturias dentro del Caribe ! ”.








Viajando por el interior, valles y montañas. Fotos P. Castillo.


Bonita panorámica desde la espectacular Cueva Ventana
Distrito de Arecibo, Puerto Rico.


Araceli e Izaskun en Cueva Ventana





Fotos superiores, Bosque lluvioso El Yunque. Paco Castillo.
En la última, ahí ando bajo una espectacular caída de agua (fotografiado por Alex, nuestro estupendo guía)

Claro, cuando el interés es discreto uno no indaga mucho más allá de la consabida postal que te ofrecen los folletos turísticos; una solitaria playa de blanquísima arena abarrotada de palmeras, obviamente eso está , pero en Puerto Rico no deja de ser una pequeña representación de lo que realmente hay en la isla, bastante más que unas playas deslumbrantes. Tanto en el interior como en la costa una naturaleza casi intacta acapara el territorio, mires por donde mires el verde es omnipresente en toda su variedad cromática.

La geografía puertorriqueña me remitía al verde intenso de los paisajes asturianos, pero además su estampa de pueblines a medio asomar entre la bruma de los valles, de un verdor radiante, con las vacas pastando por aquí y por allá, también estaban en el rincón caribeño.

Resulta que de espaldas a esas playas de arena fina y blanca flanqueadas por cocoteros al pie de una exuberante vegetación, hay un paisaje montañoso, escarpado e imponente que no esperaba, frondoso hasta decir basta, salpicado de granjas, haciendas y pueblecitos muy coquetos que parecen pintados con acuarela, la mezcolanza de colores que exhiben las casas, de todas las tonalidades posibles, se asemeja en la distancia a un arcoíris desordenado y desplomado sobre el suelo, y sin embargo queda perfectamente amalgamado en el entorno. No falta ni sobra nada. Así es Puerto Rico.

El turismo no está tan explotado como en la vecina República Dominicana, y algo que puede sorprender, ni siquiera es el principal sector económico, excepto en la capital cuyo puerto marítimo suele recibir regularmente cruceros.

Eso significa que la mayoría de su naturaleza está libre de atropellos urbanísticos, incluso de ciudades grandes. De hecho apenas es destinataria del turista europeo, no digamos ya del español, vienen muy poco ya que éstos recalan en R. Dominicana, destino bastante más barato en el que, por cuestiones de seguridad, se lleva lo de permanecer encerrado en el complejo hotelero con “el todo incluido”. Para gustos… No es lo mío.

El turista por excelencia es el norteamericano, recuérdese que la isla tiene el estatus de estado libre asociado a los EUA y los puertorriqueños tienen la ciudadanía estadounidense, (aunque no pueden votar en la elecciones si no son residentes dentro de los UEA). Así que los norteamericanos se sienten como en casa, misma moneda y normas, amén de una población mayoritariamente bilingüe. Pero incluso así, este turismo se concentra en apenas dos o tres puntos geográficos de la isla y el resto, que es grande, queda fuera del circuito guardando sorprendentes maravillas, en definitiva tiene mucho más que El Viejo San Juan de Puerto Rico, bellísima ciudadela, y dos o tres enclaves más.

Nosotros mismos lo pudimos comprobar ya que en esos 15 días recorrimos la isla de norte a sur, de este a oeste y de la costa al interior. Pudimos hacerlo por la sencilla razón de que el primo, Jaime, es propietario de una agencia turística en la capital San Juan que funciona bastante bien (Bespoke es su agencia y ahí podéis ver que clase de excursiones hicimos), de las pocas que no ha despedido a empleados debido a la crisis económica, en Puerto Rico está golpeando duro, aunque yo no tuve esa impresión… Bueno, estaba de paso, viviendo ahí tal vez sería diferente, y en verdad la familia de Araceli hablaba sin tapujos al señalar las grandes dificultades económicas que actualmente atraviesa esta isla.

Sea como fuere sí parece evidente que el ser y el sentir de estos isleños fluctúa entre dos realidades o, nunca mejor dicho, nada entre dos aguas. Estas palabras de Rosario Ferré escritas en 1986 para la introducción de “Maldito amor” aclaran dicha particularidad, y como suele ocurrir con los grandes escritores, definen en pocas palabras toda la complejidad de sus semejantes, impresiones que encuentro acertadísimas:


Plaza de Armas. San Juan de Puerto Rico.

“Puerto Rico es un país de aproximadamente seis millones de habitantes (medio millón más ahora), tres de los cuales viven en la isla, tres en el extranjero. Los que sufren el insilio sueñan muchas veces con una isla que no existe más que en su imaginación; los que viven el exilio mueren soñando regresar algún día o se pasan la vida viajando entre uptown NY y downtown SJ (es decir, desde Nueva York a San Juan de PR), habitantes de esa aterradora tierra de nadie que sobrevuelan los aviones de Eastern y de Pan Am. La tragedia de los puertorriqueños puede decirse que es precisamente el tener tan cerca el paraíso, porque esto abona la falsa ilusión de poder regresar a él cuando queramos.”



Jaime y su hermana Lynnette ( mano derecha de Jaime, es la otra prima de Araceli) nos prepararon varios tours por toda la isla con algunos de los guías que tiene asalariados y los portentosos vehículos que ha ido adquiriendo durante estos años, con mucho esfuerzo… Al ser familia no nos dejó pagar ni un tour.
Menuda suerte, por que estas excursiones no son nada baratas, pero sí sorprendentes y exclusivas. Tiene su público, es un turista norteamericano más bien pudiente.

Vaya bicoca con el primo Luis Jaime…. Jejeje.

Me entusiasmó el Bosque Lluvioso El Yunque, una de las áreas que recibe mayor cantidad de lluvias en el mundo, o las Cuevas del Indio y La Ventana en la ciudad  de Camuy, el este de Puerto Rico. Aunque si hay algo que me ha dejado uno de esos recuerdos indelebles, también a mi hija Izaskun y Araceli, fue la Bahía Luminescente en la Parguera.

Os cuento brevemente esta experiencia que más parece una cosa de magia que real…

Hay unos microorganismos marinos llamados dinoflagelados bioluminiscentes (luciérnagas marinas y otros organismos) que originan uno de los acontecimientos naturales más espectaculares que una persona puede vivir y presenciar, solo existen cinco áreas marinas en el mundo (bahías, playas y manglares), que concentran estos microorganismos de forma permanente, no estacionaria… Tres de estos lugares están en Puerto Rico, de estos tres en la isla nosotros estuvimos en dos, el de Fajardo, con kayaks, y la Parguera, que fue la mejor, situada en el sureste de Puerto Rico.

Después de algo más de dos horas en coche desde San Juan, llegamos a la localidad turística  de la  Parguera, desde ahí embarcamos en un pequeño yate y navegamos unos 15 minutos hasta llegar a un manglar enorme que se unía a una bahía. Bajo el cielo nocturno caribeño, despejado y salpicado de millones de estrellas, nos pusimos unos chalecos acuáticos, nos metimos en el mar y empezó la magia…

Estos seres diminutos al contacto con el movimiento de nuestro cuerpo (u otro objeto) se iluminan, sí, igual que las luciérnagas en la tierra pero dentro del mar, de tal forma que vas nadando entre el cálido y calmo mar caribeño iluminado por miles de seres que se ciernen a tu alrededor, millones de estrellas bajo el agua mientras que encima de tu cabeza te contemplan otras tantas estrellas en el cielo… Cuesta imaginarlo.

Nunca olvidaré la expresión de mi hija, Izaskun, mientras flotaba iluminada en el mar: “Mira papá, soy como Campanilla” (la de Disney), me decía fascinada. Solo por volver a vivir esto, regresaría otra vez, seguro que lo haré.

Lástima que no tomé fotos, por miedo a perder la cámara en el fondo marino… Lo tengo todo en la cabeza. Las que os muestro son de internet, en los mismos sitios.






Imaginad la cara de un niño flotando en ese mar... Izaskun lo vivió.


Como ya pensaréis, unos cuantos libros me acompañaron en todo este itinerario Asturias- Madrid- Puerto Rico.


Museo de América, Madrid. Paco Castillo.




Asturias, (arriba en Valdredo, abajo Cabo Vidio)

Bahía Piñones. Puerto Rico. P. Castillo


Fragata peruana fondeada en San Juan de Puerto Rico.



Fortaleza de El Morro (San Felipe) Puerto Rico.

Con Imre Kertész en la Fortaleza de San Cristobal.
Al fondo la fortaleza de El Morro, despuntando su faro (P. Rico)

Mucho antes de que el viaje fuera siquiera un proyecto, por mis estantes ya había una autora boricua (puertorriqueña), sin leer, se trata  de Rosario Ferré (mencionada más arriba), y su libro “Maldito amor” (Emecé, 1998), cuyo ejemplar hace años que descansaba en mi librería.

¿Qué mejor ocasión para leerlo si viajas a los escenarios reales de la obra?




Izaskun, Araceli y la bebé, Itziar, por el Viejo San Juan

Rosario Ferré viajó conmigo desde Madrid hasta su tierra, Puerto Rico. Paco Castillo

Una vez en el Viejo San Juan, caminando por ese coqueto adoquinado en piedra azulada de tiempos pretéritos, poco tardé en preguntar y averiguar la existencia de una entrañable librería muy apreciada por los lectores sanjuaneros, me refiero a La Tertulia, lugar modesto en dimensiones pero inabarcable en sensaciones, como suele ser en estos sitios.



La fachada azulada es la librería La Tertulia. Paco Castillo

Ya dentro y ojeados sus estanterías rebosantes de libros, me dirigí al afable Javier, el propietario, y le pregunté sobre narrativa puertorriqueña actual y también alguna obra de largo recorrido en el tiempo, más arraigada en la memoria de la isla, inquiriéndole sobre sus preferencias personales me mostró, en el primer caso, a Eduardo Lalo y su “Simone”, por la que fue galardonado en 2013 con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, uno de los certámenes más prestigiosos en lengua castellana.

En el segundo caso no dudó en sacarme de los anaqueles “La guaracha del Macho Camacho”, de Luis Rafael Sánchez que a sus ochenta años es uno de los nombres ilustres en las letras puertorriqueñas. Javier me confesó que casi todas las tardes el escritor acude a la librería, se sienta en alguna de las banquetas que hay, curiosea libros y conversa con el propio Javier u otros clientes… Me entusiasman esas confidencias de los libreros.





Frente a la librería La Tertulia. San Juan de Puerto Rico. Paco Castillo.


Fortaleza San Cristobal. Puerto Rico.


San Juan de Puerto Rico. Paco castillo, 2016.

También yo le mostré mi ejemplar de Maldito amor, y me confesó su sorpresa por desconocer tal edición (Emecé, 1998) que observó con avidez y le agradó, me enseñó otra actual… pero me gustó más la mía.



Me arrepentí (igual que en la Bahía Luminiscente) de no haber hecho fotos dentro de la librería,(aunque sí hice por fuera), pero tenía que reunirme con las peques y mi mujer, que andaba unas callejuelas más atrás buscando donde degustar un espléndido café isleño, y lo encontró.






Bueno, alguna cosa más contaré cuando hable de mis “libros sanjuaneros”



La poesía de Hjalmarsson (y algún libro más), se ha movido de un océano a otro, de las aguas del cantábrico hasta el mismísimo Triángulo de Las Bermudas, que lejos de provocarme algún extraño fenómeno después de bañarme en sus aguas, me transmitió una quietud de lo más incitadora para leer… ¿Aunque… acaso adentrarte en un libro, llevarte fuera de tu realidad, no tiene algo de “fenómeno extraño”?


Asturias, Cabo Vidio. P. Castillo, 2016

Asturias, Soto de Luiña. P. Castillo, 2016

Playa "Ocean Beach", San Juan de Puerto Rico. 2016

Una playa a 20 minutos en "carro" en las afueras de San Juan PR.


Playa Vallina, Valdredo (Asturias)



San Juan de Puerto Rico.

Senda a la playa Vallina, Asturias.

Playa Vallina, Asturias. P. Castillo.



Seguimos en el camino...




Izaskun disfrutando en una solitaria playa caribeña, al atardecer.



Asturias, en algún sendero. P. Castillo


viernes, 16 de septiembre de 2016


OLIVIA. Por Olivia (seudónimo de Dorothy Strachey, Inglaterra, 1865 – 1960)

Libro. Editorial Lumen, 1974. No se indica el traductor. 117 páginas.
Fotos, Paco Castillo, primavera pasada, 2016.




Una larga pausa, la verdad. He querido invitar a Dorothy Strachey para iniciar de nuevo la andadura blogera, fue la primera lectura tras la pausa en julio, a la que siguió  “Una grulla en la taza de té” de Kawabata y otras tantas.

Os había comentado que volvería con el poeta islandés J. Hjálmarsson, pero le ha cedido gentilmente el turno a la escritora inglesa. Hjálmarsson y varios libros más me acompañaron en mi periplo viajero, un tanto movido. 

Partimos toda la tropa desde casa, en Madrid, una semana para Asturias, desde ahí regresamos al hogar y sin apenas tiempo hicimos las maletas para volar, dos días después, hacia Puerto Rico donde estuvimos estas dos últimas semanas. Acabamos de aterrizar en Madrid, como quien dice. Bueno, os contaré sobre esto la siguiente vez. 

Por cierto, la nueva foto de cabecera la realicé ahí, en el Viejo San Juan de Puerto Rico, lugar bellísimo.

Esta edición que os presento es de la Editorial Lumen, 1975. Sé que posteriormente lo reeditó en 1996, en la colección Femenino Lumen.

El comienzo y el final de un libro son dos etapas cruciales de la creación literaria, destellos de brillantez con los que el autor o autora nos deja embriagados de forma súbita.

Ha sido un libro de corta extensión y sin embargo no sé muy bien como empezar… Por lo más inmediato, supongo. Es una historia preciosa, narrada con una exquisita sensibilidad y elegancia que te seduce irremisiblemente:

“He llenado este invierno melancólico y vacío escribiendo una historia. La he escrito sin modestia y sin fatuidad, para la propia satisfacción personal, sin preocuparme por los demás, sin inquietarme por apenar o escandalizar a los vivos, sin tener escrúpulos por hablar de los muertos” (p. 9)

¿Qué lector, una vez leída tal declaración, cerraría este libro y lo arrojaría al olvido?
Si te encuentras con esto al principio ya estás deliciosamente envenenado, bajo los efectos de esa exquisita literatura que te roba el aliento, que secuestra tu pensamiento para alejarlo de lo mundanal y sucumbir a un implacable síndrome… no de Estocolmo, sencillamente de Dorothy.

Además autobiográfica, pero… no, no es el relato de toda una vida. Solo es la vivencia de un amor en la juventud.

¿Solo? ¿Se puede decir “solo” cuando aquellos sentimientos, con apenas dieciséis años, marcarán el resto de tu vida? Sobrecoge pensar que en un año tu vida pueda ser más plena que en los siguientes setenta.




No es fácil encontrar biografía sobre la escritora, aunque algo hay. Esta es una semblanza de la contraportada, más de uno o una se sorprenderá:

Dorothy Strachey nació el año 1866, en una distinguida familia victoriana, muchos de cuyos miembros ocuparon un lugar destacado en la Inglaterra de su tiempo.

Su hermano Lytton Strachey comparte con Virginia Woolf el papel estelar en el grupo de Bloomsbury, y también Dorothy –casada en 1903 con un pintor francés: Simon Bussy- estuvo muy relacionada con este grupo y sirvió de puente entre los pintores de Bloomsbury y los pintores franceses postimpresionistas.

Olivia se publicó por primera vez en 1949, bajo seudónimo, y solo en fecha muy reciente se ha dado ha conocer la identidad del autor (autora) de este relato, en parte autobiográfico, tierno, emocionado, levemente irónico, de un primer amor bajo el signo de lesbos.



D. Strachey

Y ya nos introducidos en el libro.





Olivia, una jovencita inglesa de clase adinerada, cuya familia relacionada con el gremio científico la educó en un agnosticismo casi militante, cuando no ateísmo si convenía.

¿Significa esto un ambiente familiar de clara rebeldía contra las convenciones sociales?

Pues en este caso se interpone la particularidad del carácter inglés para dar lugar a una más de las paradojas que los conciernen. Me refiero, por supuesto, a la manida flema inglesa, esa antinatural inclinación por ocultar los sentimientos, las emociones paternales o maternales hacia los hijos, hacia los semejantes en definitiva.

Un ademán de cariño espontáneo como un efusivo abrazo, unas palabras de afecto sin estar forzadas, en definitiva gestos instintivos de cariño de una madre hacia una hija, etc, estaban considerados fuera de lugar en estas familias de la alta sociedad londinense.
La Inglaterra victoriana tan proclive al decoro, las formas y el saber estar, por encima de algo tan “primitivo” como la manifestación de los instintos amorosos expresada de una manera natural, sin una forzada contención.

Y esta familia, por muy agnóstica e incluso atea que fuera… también era profundamente victoriana, como esencia de lo inglés, para ellos guardar las formas era tan sagrado e irrenunciable como el té de las cinco.

Olivia, por tanto Dorothy Strachey, siempre expreso su contrariedad por esa absurda actitud ante la vida, que sus coetáneos llevaban hasta extremos grotescos.
Ella es un ser sensible, una muchacha ingenua y de noble corazón que sucumbe, y nos lo cuenta en primera persona, al primer enamoramiento. Un sentimiento deslumbrante, desconcertante, que dejará una estela indeleble en su alma, hasta el final de su existencia.

Otra mujer será la causante de este primer fulgor juvenil que “aturde maravillosamente” a Olivia.

Publicada en 1949 bajo el seudónimo de Olivia (sí, el mismo que da título a esta obra), tal vez para evitar algunas reacciones furibundas de la puritana sociedad inglesa, el impetuoso corazón de una adolescente rendido a la sensualidad de una atractiva dama francesa… quizás fuera demasiado escandaloso en su elitista círculo social, pero a ciencia cierta no sé con certeza la razón, en su propia introducción nos cuenta que no tiene ningún reparo en escribir lo que siente y piensa… ahí queda.




Es una escritura que excluye el tono provocativo, pues Dorothy a sabido exprimir al máximo la sensualidad de sus palabras sin dotarlas con una descarada carga sexual, ni siquiera erótica en el sentido más erógeno del término.

Al fin y al cabo, nos lo cuenta una tímida adolescente de dieciséis años, educada en la Inglaterra victoriana, y no una madame de los bulevares parisinos. Dorothy Strachey ha hilado fino sin caer en la trampa.

Olivia, (y todo lo que sigue más lo anterior es verídico), será enviada por sus ilustres progenitores a un distinguido internado de señoritas en Francia, en las proximidades de París. Las institutrices, dos jóvenes damas francesas, son amigas de la madre, quien ha reiterado la tendencia agnóstica, o atea de la familia, condición totalmente respetable en esta institución francesa, no hallará problema por esto.

Y de repente aparece Mlle Julie, la encantadora profesora francesa. En la expectación de los primeros días les va a leer un poema en su lengua materna, el francés. Todas las alumnas miran extasiadas a Julie, las inglesas, algunas norteamericanas, irlandesas, suizas… La contemplan, una dama francesa que recita un poema en francés. Asisten boquiabiertas a la escena, y una de ellas, Olivia, es consciente de encontrarse por primera vez ante la belleza, de darse de bruces con ella.

Descubre, arrebatada por la cautivadora personalidad de Mlle Julie, que la belleza surge en una leve mueca de su labio, que acompaña a un suave gesto de su mano al deslizar las páginas, que se muestra en la entonación de su voz, en su forma de andar, en el silencio de su mirada cuando calla la voz sensual, en su sonrisa…

Y ya nunca lo olvidará:

"Voy a leeros a la Andrómaca de Racine –dijo Mlle Julie-, pero antes de empezar os preguntaré algunas cosas. ¿Alguien aquí que haya oído hablar de Andrómaca?

(…) Acumulé todo mi valor y susurré:
La esposa de Héctor.
(…) ¿Y Hermione?
Nunca he oído hablar de Hermione.

¡Ah! Bien, esta noche oirás algo sobre ella, y espero que no la olvides nunca. Pero, puesto que has contestado tan bien, ven y siéntate a mi lado.

Me indicó con señas que colocará el taburete junto a sus rodillas. (…) después de explicarnos la importancia de la mitología, resumió cual era la situación en la corte de Pirro, cogió el libro y empezó:

“Oui, puisque je retrouve un ami si fidèle…”

Me he preguntado a menudo qué participación tuvo Racine en el alumbramiento de la llama que empezó a arder en mi corazón aquella noche, o qué participación tuvo la proximidad. Si ella no hubiera leído precisamente aquella obra, o si no me hubiera pedido casualmente que me sentará a su lado, en un contacto tan inmediato, ¿acaso el material inflamable que yo llevaba tan insospechadamente en mi interior hubiera permanecido lejos de la chispa incendiaria y nunca se hubiera provocado el fuego? 
Pero probablemente no, más pronto o más tarde, tenía que suceder.

Ante ella había una mesa con una lámpara, y la lámpara proyectaba su luz sobre el libro y sobre su rostro. Yo, sentada a su la do y a sus pies, la veía iluminada y casi de perfil. La miré por primera vez mientras la escuchaba. No sé que hice con mayor vehemencia, si mirarla o escucharla. Repentinamente comprendí que aquello era la belleza, la gran belleza, algo de lo que había oído hablar y sobre lo que había leído sin comprenderlo, algo por cuyo lado había pasado yo quizás cien veces, con ojos desatentos, ciegos. 

Había visto muchachas bonitas, muchachas encantadoras, sin duda, pero nunca les había prestado una atención consciente (…). Pero esto era algo muy distinto. No, no era distinto. Era sencillamente que despertaba por primera vez a algo: la belleza física. Nunca más estaría ciega ante ella" (p.28).

La autora no refleja ninguna apreciación moral por al hecho de que sea una atracción amorosa entre mujeres, brillan por su ausencia, parece claro que su agnosticismo excluye estos dilemas éticos. Olivia está liberada de tales prejuicios, que en la puritana Inglaterra de entonces hacían acto de presencia a la mínima oportunidad. Otro asunto pudiera ser cuando lo publicó, lo digo por la utilización de un seudónimo, pero ya he apuntado que no lo sé con seguridad.

Por tanto no encontraremos una sola línea en la que aparezcan alusiones de carácter ético por los sentimientos expuestos. Se ama o no se ama a alguien, sin más. 

El amor te sucede, si se ajusta o no a unas convenciones… a ese sentimiento, al amor, le trae sin cuidado. Y con esa despreocupada frescura lo narra la protagonista.

Así que, ¿Cómo borrar aquella huella? 

¿Quién quiere?

Acaso ¿Quién puede?






lunes, 4 de julio de 2016


Con la llegada del verdadero sopor veraniego, este calor infernal que me exaspera, dejo aparcada toda actividad en la blogosfera, me alejo del espacio virtual, si todo va bien nos encontramos en septiembre.

Os deseo un verano provechoso en aquello que os propongáis. Buenas lecturas. Y mucha salud.

Me despido con un poco de poesía cuyo autor, por cierto, se declaraba admirador de otro poeta, era nada menos que mi apreciado César Vallejo. Se trata del islandés Jóhann Hjálmarsson en su libro Búsqueda, compañero silencioso todos estos meses. 

En mi regreso volveré con él.




Búsqueda, Jóhann Hjálmarsson (Reykjavík, Islandia, 1939.)








Viaje en tren




Los lobos


Los lobos aún no han llegado
pero el águila, el buitre y el halcón
se han visto ya en los cielos de Castilla
sobre la árida tierra,
tierra de escasos árboles, suelos resecos, 
roquedales desnudos.
El hombre es un lobo para el hombre.
Antes de que el ocaso se acerque demasiado 
está roja la tierra,
presagiando la batalla,
retiembla, atemoriza.
La oscuridad es consuelo y es miedo.



Vida




Sonambulismo



Antaño


Dime aquellas palabras
que creías no conocer.
Ven luego a mí,
a la luz, a la tiniebla.

Vivimos a trastiempo.





En el vacío



Liberté



Júbilo


Me dicen que al llegar la primavera 
cantan los gorriones en las ramas desnudas,
acurrucados como condenados
en sus camas de hierro.

La primavera es cruel.

Obliga a todos a cantar.



Lucharon



Regreso



Luz azul


Tú eres azul, oh luz
de los días idos
días que para siempre están conmigo
donde yo habito
con solo mis recuerdos.
Luz, tú estabas en mí
y todo me rodeaba.
Recorro ahora con mi recuerdo azul
calles de otras ciudades.
Recuerdo, tú eres grande.
Yo no puedo evitarte.
Tú dominas mi voz.
Tu sombra oculta mi rostro.
La luz azul me ciega.



Luz azul...  sobre ella escriben las golondrinas



Hasta pronto


Fotos realizadas por Paco Castillo, 2016